(Imagen cortesía de transformthewordartistically.wordpress.com)
Olga se sentía nerviosa como una principiante. El patio de butacas estaba lleno del público más exigente que se podía imaginar y no bastaba con hacerlo bien, tenía que ganárselo. Era la representación de su vida. A su edad le restaban pocos años para lucirse en las tablas. Pronto tendría que pensar si iba a dedicarse a la instrucción de las nuevas bailarinas o al cuidado de su casa, de su hija Ivana y de su esposo Boris. Tal vez podría volver a la universidad.
Llevaba un rato estirándose bajo la mirada curiosa de los que pasaban a su lado. Lo dejó, ya no debía faltar mucho. En efecto, alguien le dijo: Eres la próxima. Estas palabras desataron su instinto. El escenario era pequeño, como la habían prevenido. El cansancio se empezaba a manifestar en los asistentes. Ella y su danza cerrarían la gala de Las musas de Moratalaz. Repasó los pasos. Empezaría en quinta. Luego segunda. Dos giros y... siguió dando forma en su mente al número.
Cuando se quiso dar cuenta estaba frente al respetable llevando a la práctica todo lo que había proyectado. Pasos medidos, técnica, una pieza con diferentes ritmos y un final apoteósico. Todo estaba hecho. Un éxito como ninguno. Todos los profesores, padres y alumnos del colegio aplaudían y daban bravos con tanto calor que la hicieron sentirse en aquel certamen escolar de padres y niños con talento como si el clamor viniera de las concurrencias del Bolshoi, del Marinsky, del Metropolitan o de cualquier otro. Entonces vio el brillo en los ojos de Ivana y su sonrisa abierta y comprendió que no había tenido nunca un triunfo así.

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