(Tertulia en el café Fornos. Imagen cortesía de Inshop.es)
—La historia de la mujer en la política española empieza con una Isabel y termina con la otra Isabel.
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—La historia de la mujer en la política española empieza con una Isabel y termina con la otra Isabel.
Claudio no daba crédito a lo que oía. A su lado Don Ramón le miraba divertido. Claudio le preguntó que le hacía tanta gracia y Don Ramón quitándole hierro le respondió que la cara que había puesto.
—Pero Don Ramón, ¿qué cara quiere que ponga? Acaban de obviar entre muchas mujeres a la primera reina que hubo en España.
—Cálmese, Claudio. Ya sabe usted que hay mucho necio. Este sitio es muy agradable por las tertulias de gente como Don Benito, Don Miguel o nosotros pero, también congrega a algunos idiotas. ¡Ah! Ya nos traen los cafés. ¡Vaya aroma!
Las referencias a Galdós y Echegaray le hicieron a Claudio sentirse en la gloria. Saludaron a un par de contertulios que se les unieron en los minutos siguientes y comenzó un breve debate sobre la situación preocupante en Guinea y la impotencia del gobierno de Madrid para frenar las pretensiones francesas. Alguien apuntó que el auténtico problema estaba en Marruecos y Claudio disintió afirmando que si había que buscar había de hacerse allí mismo. Todos se quedaron sorprendidos por la vehemencia de su discurso.
—Eso está muy bien pero, ¿qué nos sugiere que hagamos?
—Don Ramón, señores, ser consecuentes. Actuar más y hablar menos. Y, sobretodo, poner en práctica los cambios que todos coincidimos que son de sentido común. Por ejemplo, ¿hasta cuándo vamos a demorar el impulso a la educación de las mujeres? ¿vamos a ser comos nuestras madres y abuelas que no han hecho otra cosa que poner trabas a nuestras hermanas y a nuestras hijas argumentando que tal gesto o tal comportamiento no son decentes? ¿no se regían nuestros ancestros por matriarcados? ¿no estamos de acuerdo en que la mujer es tan inteligente como el hombre? ¡Por Dios que estamos en el siglo veinte!
Todos afirmaron con más o menos entusiasmo. El más callado de los contertulios, un respetable catedrático, sentenció.
—Joven, solo dos cosas le faltan para que le considere más que docto. Apellidarse Menéndez y que su rostro imberbe se cubra hasta taparle la corbata de tan digno atributo. Ahora en serio, Don Ramón me ha sorprendido gratamente lo bien instruidos que parecen estar sus alumnos a juzgar por esta muestra.
Claudio se sonrojó y se sintió acalorado. Había llegado el momento de poner tierra de por medio antes de seguir exponiéndose y estropear la imagen brindada.
—¡Bueno! Don Ramón, señores, les dejo. Mi padre tiene hoy invitados y no quiero disgustarle más llegando tarde. Disfruten de la tertulia.
Don Ramón le contestó bromeando.
—Hasta mañana Claudio y no se tome tan a pecho todo lo que oiga. Envejecerá muy pronto.
Al llegar a casa su padre le echó una mirada severa luego le preguntó cómo había sido el día. Claudio habló con tanto entusiasmo que su padre se le acercó le dio beso en la mejilla y habló con ternura.
—Querida Claudia, me alegro mucho de que hayas tenido un día tan feliz y que hayas aprendido tanto. Ahora vé y cámbiate. Ponte tu vestido nuevo que los invitados no tardarán en llegar. Acepto que una mujer estudie, pero por favor, quítate tu disfraz y muéstrate orgullosa de ser quien eres.

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