(Imagen cortesía de montaralaamazona.wordpress.com)
Érase una vez una reina joven llamada Beatriz muy querida por su pueblo por su bondad, generosidad, laboriosidad y humildad. También era muy fatalista y alguien le predijo en una ocasión que se enamoraría de su propio reflejo. Sabía de las consecuencias negativas que podía tener el narcisismo y, como sería injusto prohibir los espejos en el reino, optó por amoldar su vida a evitar que ocurriera el peor de sus temores. No caminaba por las calles evitando los escaparates que le podían devolver su imagen, anunciaba sus visitas para que tapasen todas las superficies reflectantes, solo paseaba cerca de ríos bravos y no llevaba dinero pues las monedas según la costumbre llevaban su efigie.
Érase una vez una reina joven llamada Beatriz muy querida por su pueblo por su bondad, generosidad, laboriosidad y humildad. También era muy fatalista y alguien le predijo en una ocasión que se enamoraría de su propio reflejo. Sabía de las consecuencias negativas que podía tener el narcisismo y, como sería injusto prohibir los espejos en el reino, optó por amoldar su vida a evitar que ocurriera el peor de sus temores. No caminaba por las calles evitando los escaparates que le podían devolver su imagen, anunciaba sus visitas para que tapasen todas las superficies reflectantes, solo paseaba cerca de ríos bravos y no llevaba dinero pues las monedas según la costumbre llevaban su efigie.
La reina buscaba una persona con la que compartir su vida pero ninguno de los candidatos reales, ni de los nobles, la enamoraban. Beatriz no era partidaria de un matrimonio por intereses y, sí, paciente y consciente de que ya llegaría el momento. Entre tanto amenizaba su poco tiempo libre organizando alguna que otra fiesta o yendo a cabalgar. Precisamente en una de esas salidas, tal y como acostumbraba dejó detrás a sus acompañantes en una veloz galopada. Había tenido unos días muy difíciles y para desahogarse dejó sueltas las riendas y se dejaron llevar durante horas hasta estar prácticamente reventados. Entonces, en un recodo del camino su montura dio un traspiés y amazona y caballo rodaron por los suelos. Beatriz cayó por un pequeño terraplén hasta unos arbustos donde quedó enganchada entre sus púas. Cuando empezó a recobrarse se imaginó cual era su situación real y no abrió los ojos, contuvo las lágrimas que el dolor le provocaba y esperó completamente inmóvil, bajo un sol abrasador, a que alguien la ayudara.
Muchas horas después un gañán que paseaba por el campo la encontró casi inconsciente. La tranquilizó y con mucha paciencia, y no menos pinchazos y arañazos, la logró sacar de aquella maraña. La llevó en brazos hasta su choza y atendió lo mejor que pudo. Estaba caliente y le subía la temperatura por lo que no podía dejarla sola. Tenía algo de comer y el río discurría a apenas unos metros. Podría aguantar unos días. La mujer dormía inquieta.
El campesino, Isidro, trabajaba donde surgía por lo que nadie lo extrañaría si no iba en un día o dos, a laborar. También recibía visitas. Generalmente de gente necesitada. Él los escuchaba y compartía lo poco que tenía. Su generosidad era bien conocida y contaba con las simpatías de sus vecinos. Precisamente fue una de ellas, una anciana de edad incierta, quien al ir a verlo le encontró temblando por la calentura mientras refrescaba la frente de la mujer. La presencia de la anciana fue una bendición pues mientras ella velaba a la joven él pudo limpiar sus arañazos infectados, traer agua limpia y hacer algo de comer.
Baucis, la anciana, les visitó con más frecuencia y cuando Beatriz empezó a recuperarse respondió a las preguntas de la joven que así supo que en aquella parte del reino, cerca de la Corte, había gente muy pobre que apenas tenía lo justo para comer y como no podían permitírselo no habían médicos, boticarios, maestros ni otros muchos profesionales. Cuando le preguntaban a ella quién era se limitaba a decir que estaba confusa y que no lo recordaba bien. Baucis, sin embargo, sospechaba que no era del todo cierto y veía en esa mentira un cierto interés de la joven hacia Isidro y se alegró. No parecía una mala mujer y aquel muchacho se merecía muchas bendiciones.
Isidro también empezaba a sentir algo por su invitada. Cuando estaban solos tuvieron ocasión de charlar mucho tiempo y ella siempre tenía preguntas a las que él trataba de darle respuestas sencillas pues no quería perjudicar su recuperación confundiéndola más. La joven se comía lo que le servían sin protestar aunque, ella se daba cuenta que de vez en cuando él se quedaba en ayunas porque no había para los dos y le decía que no tenía hambre. Él le respondía que tenía que hacerlo para que se recuperase y ella cedía. Fueron dos semanas muy felices, al menos la última ella ya estaba casi bien del todo.
Finalmente llegó el día en que Beatriz le dijo que tenía que irse. Había recordado donde vivía, realmente lo había hecho siempre pero se había sentido tan feliz aunque, era hora de volver a casa pues todos estarían preocupados. Esa última noche casi no hablaron ni durmieron. Isidro estaba seguro, se había enamorado de ella, de alguien inalcanzable, seguramente la hija de algún acaudalado comerciante de la ciudad. A la reina le dolía verle tan callado y sombrío y apreció más que nunca los esfuerzos que hacía por sonreír cuando notaba que le miraba. Por la mañana, mientras el gañán buscaba un carro que la pudiera llevar a la ciudad, y fijaba como iba a pagarlo, Beatriz se puso el traje de amazona que vestía cuando la recogió Isidro. Lo habían remendado con más o menos fortuna. El mozo llegó con un arriero que se ofreció a ayudar a su amigo. Hasta ese día no se habían percatado que ni carros habían en la vecindad. Ayudó a la joven a mula y la vio marchar junto con la anciana que había ido a despedirla.
Pasaron algunas semanas y la reina, ya sanada, inició una gira por su reino para conocer la situación real del mismo. Entretanto el campesino encontró trabajo a varias leguas de su casa. Fueron jornadas agotadoras que merecieron la pena pues se hizo con unas monedas y el trabajo duro le dejaba agotado durmiéndose enseguida por las noches y no pensando en ella. Cuando Isidro regresó a su choza le estaba esperando Baucis. Había limpiado mientras él estuvo fuera y le estaba haciendo algo de comer. Él la saludó con cariño, insistió en pagarla sus atenciones y le dio dos reales. Luego le preguntó por las novedades. Baucis le contó que una comitiva de gentilhombres, con la reina a la cabeza, habían visitado la región. Probablemente no volverían a vivir un acontecimiento como ese. Él asintió mientras comía. No sabía si preguntarle. ¿Tendría noticias de la joven? Se quedó mudo, pensando y mirando el fuego sobre el que se habían guisado las verduras y las patatas. Ahora que la madera estaba más seca, y no hacía tanto humo se cocinaría mejor una nueva tanda.
Una galopada le devolvió a la realidad. Un jinete con el uniforme de los lanceros reales se le acercó. Sin apearse siquiera le informó de que su señora estaba fatigada de un viaje muy largo y quería saber si podía descansar antes de retomar su camino para presentarse ante la Corte. Isidro le dijo que todos eran bienvenidos y que trataría de acomodarlos lo mejor posible. El jinete tiró de las riendas y tras un breve trote cabalgó de nuevo en dirección contraria por la que había venido. Unos minutos más tarde apareció escoltando junto a un compañero un coche cerrado con dos mujeres dentro.
El coche se detuvo. La portezuela con las armas reales se abrió desde dentro y vio a dos mujeres con sus atuendos de viaje. La más cercana a la puerta con alguna torpeza bajó primero. Era bajita y llenita. Se subió el velo que llevaban para evitar el sol y el polvo del camino y que le caía desde el sombrero. Entonces se giró para ayudar a su compañera. Al ver su silueta a Isidro le faltó el aire por un momento. Se apeó sin problemas, mientras todos se inclinaban, y se sentó en una gran piedra. Agachó la cabeza para subirse el velo y mientras libraba su faz fue dando gracias en su nombre y el de sus acompañantes por su hospitalidad. El campesino creía estar soñando. Era la joven. Se terminó de quedar sin aire cuando se dirigieron a ella como majestad. Le entró vergüenza, se puso colorado, y apenas acertó a contestar con monosílabos cuando se dirigieron a él. Entonces Beatriz con tono cariñoso le dijo: "Cariño, por fortuna me basta un sí para le pregunta que voy a hacerte. ¿Quieres seguir cuidándome el resto de nuestras vidas como yo voy a seguir amándote?

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