LUPITA.
1.
Mar se sentía terriblemente agobiada y no terminaba de encajar en su nuevo colegio ni en su nueva vida. Le costaba entenderse con sus compañeros pues apenas hablaba el idioma, era pequeña, delgaducha e hispana; la situación de los suyos era precaria por su condición irregular y el dinero no sobraba. Mamá y papá, aunque no lo decían, se estaban inseguros, temerosos por una más que posible deportación y a veces arrepentidos por el paso dado. Sin embargo seguían adelante. Como Cortés, siglos atrás, habían quemado las naves y, por fortuna, tenían parientes en la ciudad dispuestos a ayudarles en todo lo que pudieran.
En la escuela Mar contaba con las simpatías de su maestra y de la coordinadora que veían en ella una niña educada, trabajadora, aseada y unos padres entregados que procuraban que nunca le faltara nada esencial. La hubieran puesto de modelo de no ser porque la perspicaz señorita Brown comprendía que esa era la mejor forma de que todos la cogieran manía. Margaret Brown la animaba y felicitaba en secreto y la consideraba poco más que invisible en público. A Mar no le importaba.
Durante los primeros años en el nuevo país pasó mucho tiempo al cuidado de sus tías ya establecidas desde hacía lustros. Sus padres trabajaban arduamente para salir adelante y no podían pasar con ella todas las horas que querían. Su preferida era la tía Adela. También le gustaban las compañías de la tía Rosa y la tía Lupe. Adela era la más joven y tenía un carácter alegre y optimista. Juntas recorrían el camino de la escuela y, si las circunstancias se lo permitían, gastaban algunos centavos en chucherías.
Los domingos se reunían todos los parientes, o al menos los que no trabajaban ese día, para almorzar juntos. Lo hacían al salir de misa y no era extraño que invitaran al sacerdote que había oficiado. Ese día no le faltaban primos con los que jugar ni complots que organizar. Además, y era lo mejor, estaban papá y mamá.
Los sábados paseaba por las mañanas. No tenía amigos que pudiera considerar como tales y, lo más parecido era una voluntariosa chiquilla de color llamada Eunice. Las salidas sabatinas las aprovechaban para hacer recados y pronto fue aprendiendo dónde se compraba lo mejor al mejor precio. La principal instructora en la materia era la tía Rosa. Pero, ahí no terminaban las lecciones. Por las tardes ayudaba en la cocina a preparar el banquete dominical. Cuando papá la recogía ya estaba cenada y muy cansada.
Un sábado mientras iba con la tía Rosa les detuvo un joven a preguntarles una dirección. Vestía con discreción y su inglés era curioso e imperfecto. Rosa le fue indicando despacio pues no quería tener que repetir nada. Rosa era poco habladora y algo desconfiada. El joven escuchaba con atención y realmente el encuentro duró pocos minutos. Al terminar hizo un comentario galante hacia ella, Mar.
—Qué niña más guapa.
Mar que no lo había oído bien soltó un “¿qué?” y entonces el joven, al percatarse, repitió lo que había dicho en español. También esta vez le sonó raro. La gente que conocía no lo pronunciaba como él. No obstante lo agradeció en ambas lenguas y el joven sonriendo se despidió y se marchó hacia Valencia Street. Mar no pudo reprimir su curiosidad y le preguntó a su tía por el joven pero ella miró el reloj y aduciendo que se hacía tarde y que tenían que correr, zanjó la cuestión con un “ya hablaremos en casa”. Claro está que cuando llegaron no volvieron a tocar el tema. La cuestión se reabrió la mañana siguiente. Al escuchar la misa Mar volvió a ver al joven y a escuchar su simpático inglés mientras celebraba la ceremonia. Luego supo que era un sacerdote nuevo que acababa de llegar de España y que se llamaba Salvador Pérez. Ese mismo día fue invitado a almorzar con ellos.
Salvador llegó tarde. Se excusó pues los imprevistos de su oficio le habían retenido más de lo calculado y dada la naturaleza del evento a alguno le habría molestado su demora. Saludó a todos los presentes y con especial cariño a Mar.
—Vaya, vaya, volvemos a vernos señorita Velázquez. Mar es un nombre precioso. ¿Sabes? me encanta el mar.
2.
Mar soportaba con paciencia las bromas, las groserías y las provocaciones que recibía de algunos compañeros. Sin embargo todo en este mundo tiene su límite y el nivel de la capacidad de Mar para encajar se vio rebasado. A la salida de clase, en un rincón aún dentro del edificio principal, Mar acorraló a la estúpida rubia que le venía atormentando, la insufrible Cecilly, y le propinó un buen directo de derecha a la mandíbula a pesar de que la pesada le sacaba una cabeza. La agredida quedó paralizada así como Mar que no se había dado cuenta de cuál había sido el alcance de su respuesta hasta que empezó a dolerle la mano. La cosa no fue a mayores porque estaban dentro del edificio del colegio, algunos tenían miedo a enfrentarse a los Velázquez y Eunice amenazó con que los Evergreen les darían lo mismo más los intereses a quienes le hicieran algo a su amiga. Fue la primera vez veían que “Lupita”, como la apodó Cecilly, no estaba sola.
Si bien el incidente entre Mar y su antagonista parecía que no había tenido lugar no ocurrió lo mismo con las advertencias de Eunice. Las dijo lo bastante alto como para que fueran oídas por algunos miembros del personal docente y la dirección obligó a la señorita Brown a tomar medidas. Margaret y el director llamaron a Eunice al despacho del último y la muchacha acudió acompañada de Mar a quien hicieron esperar fuera. Al preguntarle a Eunice respondió que efectivamente era culpable pero no quería que se siguieran metiendo con Mar. El director tenía conocimiento de los problemas de la alumna mejicana aunque no eran mayores de los que tenían otros estudiantes y, de ninguna manera, se trataba de un problema de acoso. Mar tenía que integrarse y hacerse más fuerte luchando ella sus batallas. Fue entonces cuando a Eunice se le escapó un “...y cómo lo ha hecho”. Los dos adultos se quedaron atónitos. Ahí cambió el carácter de la entrevista que pasó de tratar de enmendar una actitud errónea a una pesquisa para descubrir un preocupante y oscuro secreto. ¿Qué estaba sucediendo realmente en los pasillos? ¿Les tenía engañados aquella niña? Eunice se dio cuenta del desliz y optó por colaborar lo justo.
—Me enteré de que Mar había estado aguantando burlas hasta que no pudo más y acorraló a quien se metía con ella y se enfrentó. Luego, de que en el grupito se estaban organizando para darle un escarmiento y ahí intervine yo. Se meten con ella porque la ven sola, pequeña y poca cosa pero a mí me tienen miedo porque tengo parientes y amigos en el colegio, soy grande y fuerte.
Hicieron entrar a Mar para pedirle explicaciones. Ella lo hizo cabizbaja, saludando educadamente y sentándose junto a Eunice. La señorita Brown le informó de lo que le había contado Eunice y luego el director le interrogó brevemente.
—Señorita Velázquez, ¿es verdad lo que ha dicho la señorita Evergreen?
—Sí, señor.
—Y, ¿cómo ha hecho frente a quien le provocó?
—Le he dado un puñetazo.
El director y la señorita Brown se miraron. No era propio del carácter de Mar usar la violencia para nada. El director siguió.
—¿A quién ha pegado?
Mar quedó en silencio. Le repitieron la pregunta y mantuvo su respuesta. Eunice se portó de la misma manera cuando le tocó el turno. Impotente el director amenazó con la expulsión. Las alumnas se miraron entre sí con temor mas mantuvieron su postura. Entonces llamaron a la puerta y sin esperar respuesta entró Cecilly preguntando por la señorita Brown. La señorita Brown le dijo que no era el momento de hablar con ella y que volviera a clase.
—Pero, señorita Brown, yo tengo que estar aquí con mis amigas. Yo provoqué a Mar y si no lo hubiera hecho no habría pasado nada.
—¿Mar te pegó a ti?— preguntó incrédulo el director. Cecilly era una deportista nata, como Eunice, casi tan alta como ella y tan fuerte, o tal vez más.
—No fue un golpe si acaso una caricia…
Cecilly tragó saliva pues, como Eunice antes, también había hablado de más. Entonces Mar se levantó de la silla y abrazó a Cecilly pidiéndole perdón. El director respiró aliviado y le ordenó a la señorita Brown que se las llevara y que ella misma se ocupase de aplicarles un correctivo. Enseguida que salieron del despacho, y de camino al salón de clase, la señorita Brown les pidió que fueran a verla al terminar la jornada. De este encuentro se llevaron sendas notas para sus padres con una petición para una reunión urgente y la recomendación a Mar de que fueran sus progenitores y no ningún otro de sus parientes los que asistieran.
3.
A las tres se les vino el mundo encima pero hubo más miedo que razones para ello. Los Velázquez y los demás progenitores fueron comprensivos con sus hijas y se encargaron de hacerlas saber cuáles iban a ser sus sanciones. Cecilly iba a ayudar a Mar con el inglés para que se desenvolviera mejor y Mar en reciprocidad debería trabajar para que mejoraran las notas de la rubia en matemáticas. En cuanto a Eunice, ambas le ayudarían en gimnasia pues tenía tendencia a ser una niña sedentaria y ella a sus amigas en arte dónde estaba muy adelantada. Lo harían durante una hora después de clase y hasta que se vieran los resultados.
Esta rutina nueva trajo cambios. Como no había quien pudiera llevar a Mar al terminar las clases, la señorita Brown la acompañaba a casa de la tía Lupe, después de dejar a sus otras dos pupilas. Fueron días en los que se conocieron mejor. Mar se había ganado el respeto de Cecilly que, no obstante no dejó de dirigirse a ella como “Lupita“, y Mar había percibido en la insoportable rubia de Montana honradez y lealtad. Se había hecho la paz y se llamaban amigas pero entre ellas apenas se trataban. Margaret Brown vio como su plan funcionaba en parte. En lo académico fue un éxito y se empezó a notar casi desde el principio. Sufría, en cambio, con los esfuerzos que hacían por ser cordiales y no terminaba de comprender por qué no podían llevarse mejor. Mar era reservada pero eso no le impedía haber ido fortaleciendo su relación con Eunice y con ella misma. Cecilly era abierta y tozuda y seguramente ahí estaba la clave. Mientras Cecilly no quisiera nada iría a más.
Con los días cada vez más largos llegaron el calor y las vacaciones. Mar había pasado su primer año con una mejora de sus resultados notables en el último trimestre. El castigo, que no llegó a levantarse hasta el último día, había sido eficaz. Ella no había vuelto a tener problemas en los pasillos gracias a su nueva fama de peleona. “Lupita Pendenciera” la habían reabastecido y esta vez no se había mosqueado aceptándolo como un mal impuesto, a fin de cuentas también sus amigas tenían sus alias: “Ritmo parao” para Eunice, y “Cecilly Capone”.
Con las vacaciones llegaron las despedidas. Cecilly se marchó la primera. Iba a pasar el verano con su abuela en el rancho que tenían en Montana. Más adelante irían sus padres y ella se les uniría para pasar unos días en la casa que tenían en Helena porque a pesar de que su padre había sido trasladado un año atrás, aún no la había vendido. “Somos montaneses y no se sabe cuándo volveremos”, argüía. Eunice tardó una semana más en dejar la ciudad. No solía hacerlo pero este año sus padres habían accedido a enviarla con su abuela al Chicago natal de su madre. Por primera vez iba a montar en avión y estaba muy ilusionada. Antes de cerrar las maletas Eunice invitó a Mar a su casa donde llegó acompañada de su tía Adela y una buena provisión de delicias de la tía Rosa. No se podía acudir a conocer a un extraño sin tarjeta de presentación. La señora Evergreen lo agradeció pues eran muchos en la casa y le solucionaba alguna comida y en pago le “obligó” a la tía Adela a quedarse a tomar un té. En esa reunión comentaron el incidente ocurrido con Cecilly pero se felicitaron por la buena relación entre las muchachas. También hablaron de varios temas y asuntos de las chicas que, aunque estaban en otro cuarto, le escucharon todo.
—Eunice, ¿los padres de Cecilly deben de tener mucho dinero? Mantener dos casas debe ser muy costoso. Y, si son tan adinerados, ¿por qué viene a nuestro Middle school? ¿Por qué no va a uno de esos elegantes colegios al norte de Market Street?
—No creo que sean ricos. Sé que tienen buenos empleos pero “Lupita”, tú lo has dicho tienen muchos gastos y ahorran para regresar todos los años a Helena. “Capone” no habla mucho de allí y creo que en el fondo ella prefiere vivir aquí. Le gusta la playa, la popularidad, los centros comerciales y estar rodeada de gente y no de caballos como en el rancho de su abuela.
—Es tan bonito montar a caballo—. Suspiró Mar.
—No lo sé, no lo he hecho nunca. ¡Anda, ayúdame a elegir que me llevo!
De nuevo Mar se quedó sola en compañía de sus tías y sus primos. La siguiente semana no tuvo tiempo de aburrirse pero poco a poco empezó el tedio. Ese domingo vino de nuevo el padre Pérez a comer con ellos. Charlaron un rato juntos porque él quería conocer más detalles del incidente con Cecilly. Aunque Mar estaba harta de contarlo lo hizo con toda suerte de detalles (ese sí que era el auténtico castigo) y él la escuchó y no la recriminó pero, la sorprendió con una pregunta. ¿Podría convencer a alguna de sus tías, por ejemplo a Adela, para que la llevase a la parroquia por las mañanas? Ayudaba a niños que habían tenido problemas con el español durante el curso y ella podía ayudarle con eso al igual que lo había hecho con las matemáticas de Cecilly. Sus padres se lo pensaron un poco pero aceptaron viendo la cara ilusionada de su hija. Tal vez la docencia fuera su vocación.
Desde ese lunes, disciplinadamente, Mar atendía sus nuevas obligaciones como otros jóvenes hispanos de la parroquia y para su sorpresa cada viernes recibía un sobre al igual que los otros voluntarios, con unos pocos dólares como pago a su esfuerzo. Cuando preguntó de dónde salía ese dinero el padre Pérez le dijo que era de lo que daban los padres de los niños que estudiaban con ellos. La actividad era gratuita pero aportaban la voluntad y lo hacían con agrado porque veían que sus hijos aprendían y se lo pasaban bien. Era un colectivo variopinto pues además de hispanos y afroamericanos habían chinos, hindúes y caucásicos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario