LUPITA.
8.
(Imagen cortesía de zotal.com)
El timbre del teléfono las despertó. Mar se aseó mientras Cecilly remoloneaba en la cama. Cuando fue a vestirse Cecilly, que iba a entrar en el cuarto de baño, le dijo que quien llamaba era el señor Kent para avisarles de que un oso grizzly había estado merodeando por su hacienda. Como le pareció notar un gesto de preocupación en Mar añadió inmediatamente que Bob Kent llevaba viendo grizzlies toda su vida y que por lo general se trataba de osos negros. No obstante, no debía de preocuparse porque siempre habían habido osos en la región y les habían ignorado. Los animales solían rehuir a las personas aunque no a los cubos de basura.
Mildred le dio efusivo saludo al entrar en la cocina que olía maravillosamente. Le preguntó por Cecilly y Mar le respondió que se estaba vistiendo.
—Bien. Cuando hagáis las camas y hayáis recogido vuestro cuarto podéis hacer una excursión para que Cecilly te enseñe los alrededores. Luego almorzaremos y esta tarde podréis haraganear. Hoy puede que vengan a vernos los Kent, unos vecinos de más al norte. ¿Te gusta la tarta de arándanos?
Esa tarde no fue nadie. Al igual que por la mañana dieron un paseo a caballo por los alrededores y para un par de días después planificaron una excursión llevando la comida. Cepillaron, dieron de comer a las monturas y limpiaron las cuadras. Aunque no hizo un calor excesivo acabaron dándose unos buenos remojones con la manguera y secándose al sol. Fue un día completo de risas que hizo muy felices a los padres de Mar cuando los llamó al atardecer y les contó cómo le había ido. Por la noche en lugar de televisión, Mildred les contó algunas historias acaecidas en la región y se atrevió a cantar algunas canciones acompañada de su vieja guitarra. También “Lupita” se arrancó con alguna ranchera. Cuando se acostaron no tuvieron problemas para quedarse dormidas y tener felices sueños.
De madrugada se oyó el rumor de un motor entre los sonidos de la noche. También se escucharon unos gruñidos sordos. En el establo las yeguas y los caballos estuvieron en guardia.
Al amanecer Mildred encendió la cocina y comenzó a preparar los desayunos. Esa tarde tendría que hacer algo de compra pues las chicas querían poner en práctica al día siguiente la excursión planificada y no le quedaba mucho que ponerles. Además, treinta y seis horas más tarde, si se mantenía la previsión de su hijo, tendría dos nuevos huéspedes. Se sirvió el café y se quedó en silencio, escuchando. Como por instinto fue al armero, introdujo la llave y sacó uno de los dos rifles. Comprobó en qué situación estaba y a continuación repitió la operación con el otro dejando ambas armas listas. A continuación les puso una etiqueta roja. De nuevo en la cocina pensó que tal vez era demasiado pero, por si acaso no iba a confiarse. También la excursión de las niñas sería más corta y lo excusaría pidiéndoles ayuda para preparar la casa para recibir a los padres de Mar.
Se fueron juntas de compras y el resto del día lo pasaron genial entre caballos remojones cuando apretaba el calor y ratos muertos tendidas al sol para que las secara. En el supermercado saludaron a un par de conocidos, entre ellos los Kent que no habían podido ir la tarde anterior. Algunas personas se volvieron a mirar a Mar, no eran corrientes los extraños por aquellos parajes. Claro que no era la única forastera.
9.
A Cecilly le decepcionó oír a su abuela que tendría que cambiar los planes. Sin embargo, cuando entró en las cuadras notó la tensión de los animales. Seguramente no habían descansado bien y eso les tendría más suspicaces y menos dispuestos a colaborar. Ensilló los dos mismos de la víspera mientras aguardaba a “Lupita” que estaba ayudando a Mildred a fregar y terminar los sándwiches. Iba a ser una jornada calurosa para lo que era la región y habría sido agradable darse un baño tras la cabalgada matutina justo antes de despachar las viandas y luego dejarse secar al sol como en la víspera. Pero, iban a ir muy justas de tiempo. Cecilly no tenía intención de cambiar nada del recorrido que había planeado, al menos hasta que vio a Mar y le preguntó si le ocurría algo.
—Hace mucho que no monto.
Señaló la parte dolorida y Cecilly cayó en cuenta que ella llevaba haciéndolo desde que llegó cinco semanas atrás y en San Francisco siempre que podía. La animó y le preguntó si le apetecía que se dieran un baño hacia el mediodía. Mar asintió. Corrieron ambas a cambiarse y a informar a Mildred del recorrido nuevo demoraron la salida un cuarto de hora. Ahora recorrerían una distancia bastante menor y no se alejarían tanto, como Mildred quería. Cecilly pensó que por su amiga bien valía claudicar.
La jornada transcurría tranquila. Pasearon hasta el río y siguieron su cauce contracorriente. Cada vez hacía más calor por lo que desmontaron junto a un remanso y Cecilly organizó el campamento. Luego se dieron un baño refrescante en las aguas frías y se tendieron como acostumbraban a secarse. No se dijeron nada. Permanecieron bastante tiempo en silencio, mirándose de vez en cuando, hasta que Cecilly se fue incorporando lentamente. Mar permaneció acostada sobre la toalla mientras la rubia se acercó primero a los caballos y luego dio una vuelta por los alrededores. Cuando regresó Mar tenía los ojos cerrados pero oyó como Cecilly se vestía y le pedía que se levantase e hiciese lo mismo. Preguntó, mientras metía la pierna izquierda en la pernera de los pantalones, si pasaba algo y su amiga le dijo que sí. Que comerían rápidamente y volverían al rancho. Engulleron un par de sándwiches, bebieron otros tantos tragos y tras recoger tomaron el camino de vuelta atajando lo que podían. Cecilly parecía tensa aunque, a medida que se alejaban del río se iba tranquilizando.
—¿Qué pasa Cecilly?
—No te alarmes. Ya creo que estamos lo bastante lejos y posiblemente sólo ha sido una coincidencia pero vi huellas recientes de un gran oso. Podría ser el que decía el señor Kent. De cualquier modo lo mejor será no comprobarlo. Regresemos a casa, ya estamos muy cerca, y avisemos a la abuela.
Continuaron un buen trecho en silencio tratando de captar sonidos y olores que delataran al plantígrado. Los caballos se empezaron a poner nerviosos, tal vez porque notaban la tensión o porque un poco antes que ellas pudieran oírlo habían captado el ruido lejano del motor de un todo terreno que tras adelantarlas acabó por detenerse casi a su lado. Frenaron los caballos cuando se abrió la portezuela del conductor y se apeó un hombre alto y fornido. Mar al verlo se quedó petrificada y Cecilly, aunque no lo conocía, también. Les apuntaba con una automática y les pedía que desmontasen. Mar había reconocido al instalador del sistema de climatización con el que había chocado unos días antes en las cercanías de la iglesia. Ya frente a frente se miraron ambos.
—Pero… ¿no le habían detenido? Me dijeron que habían arrestado a dos personas. Su compañero y… ¡Claro! conducía otro.
—Eres una chica lista. Sí, éramos tres. Pero no lo has sido lo suficiente.
—¿Cómo me ha encontrado?
—No tienes muchos amigos ni mucho dinero. Yo también pensé primero en Chicago y allí habrías estado más segura siempre que no hubieras ido a ver a… Evergreen.
—Está muy bien informado.
—No pienso deciros nada más. Bueno, sí—. Hizo una pausa. —Sabéis lo que os espera pero, aunque sé quiénes sois y vosotras me habéis visto como nadie más lo ha hecho por lo que no le haré nada a nadie más ni de vuestras familias ni amigos. Espero que os conforte algo. Ahora procedamos.
En ese momento Cecilly soltó un alarido y arreó los caballos contra el pistolero que recibió el golpe de uno de los jacos y acabó en el suelo. Acto seguido le ordenó a Mar que corriera y ambas se metieron en el vehículo, lo arrancaron y el pistolero disparó varias veces. Cecilly se quejó, perdió el control y se estrellaron contra un grueso tronco destrozando su medio de fuga. Mar vio acercarse renqueante al pistolero. Tal vez podrían huir pues seguramente en esos momentos eran más rápidas pero miró a Cecilly y la vio desencajada y llorando de dolor.
—La bala sólo me ha rozado pero, el tobillo, creo que me lo he roto.
—Bajaré para ayudarte. Si alcanzamos esos arbustos podremos escondernos.
(Courtesy of dailymail.co.uk)
Al abrir la portezuela los acontecimientos se precipitaron. Miraba por encima del hombro al sujeto que les quería dar caza cuando una mole inmensa de pelo llegó corriendo y se abalanzó sobre él. A pesar de lo rápido del ataque el pistolero logró esquivar la embestida y disparar nuevamente. El oso herido se levantó sobre sus patas traseras y el pistolero corrió hacia los arbustos a los que se acababa de referir Mar. El plantígrado corrió cojeando tras él. Sonaron nuevas detonaciones y al menos un proyectil más alcanzó al animal. Cazador y presa se perdieron de vista.
—Seremos las siguientes si no nos movemos. ¡Vamos Cecilly! Te ayudaré a subir al árbol.
Y sin atender a razones Mar saltó del vehículo, lo rodeo y llegó a la puerta del conductor tras la que estaba su amiga. La gran masa de pelo, ahora ensangrentada, salió despacio de la espesura y se aproximó lentamente mostrando los enormes colmillos. Mar no quiso ver más y ella y Cecilly se miraron a los ojos despidiéndose. Entonces el grizzly se arrancó para abalanzarse sobre Mar. Cecilly quedaba de momento fuera de su alcance.
10.
(Courtesy of onlyinyourstate.com)
Un segundo y acabó todo. Mar no sintió nada. Cuando se volvió asustada y temblando vio la enorme alfombra. Luego escuchó el motor del coche de Mildred. Cecilly nunca se alegró tanto de ver a su abuela. La mujer al escuchar los primeros disparos había cogido uno de los rifles del armero que había alistado. Era buena tiradora y aunque le dio mucha pena acabar con la vida de aquel animal magnífico sabía que no podía hacer otra cosa. Enloquecido por el dolor de las heridas acabaría con las niñas aunque su nieta hubiera parecido estar a salvo dentro del habitáculo. El parabrisas estaba roto. Se aseguró que el oso estaba muerto y entre la maleza encontró el cuerpo inerme del pistolero. Segura de que no había peligro corrió a reconfortar a las niñas. Mar y Cecilly se abrazaban y lloraban juntas la tensión acumulada y el miedo pasado. Esa noche ambas regresaron a Helena, al hospital, donde de madrugada fueron varios agentes a tomarles declaración. Casi al amanecer las dejaron dormir unas pocas horas.
Los padres de Cecilly y la madre de Mar llegaron por la tarde. Habían viajado juntos. Mildred con bastante tacto había ido poniéndoles al tanto filtrando las noticias poco a poco en varias llamadas. La alegría de las muchachas fue inmensa. Todo había concluido. Mar preguntó por los heridos y le dijeron que se estaban reponiendo. La presunta muerte de los policías y la criminalización de la tía Adela y de ella eran meros ardides empleados en la investigación. Al final no habían conseguido despistar a nadie pues las implicaciónes llegaban más lejos de lo que habían supuesto y alcanzaban a unos cuantos detectives y a un par de agentes federales. El padre Lonergan había reconocido en su comunidad a un antiguo terrorista y traficante de cuando él oficiaba, décadas atrás, en Irlanda del Norte y que se consideraba muy seguro amparado por el secreto de confesión. Sin embargo, el cura aún a pesar de que podría estar rompiendo sus votos, se las arregló para hacer saber, sin dar nombres, de quien se trataba a las autoridades federales, destapando con ello una red de infiltrados a sueldo de una organización mafiosa levantada por este sujeto en su nueva residencia.
Desde que obtuvieron el alta regresaron al rancho y ambas muchachas dedicaron los siguientes días a haraganear hasta que un poco apretados retornaron todos juntos a San Francisco. La víspera del retorno contemplaron en la quietud del lugar las Lágrimas de San Lorenzo y pidieron el deseo de seguir siendo amigas siempre.



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