martes, 23 de agosto de 2016

06 KRISTEN (1 DE 2)

KRISTEN.


1.


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(Puerto de Trodheim)

Era una mañana soleada de principios de verano y empezaba a calentar. Hannah oyó a su padre (Edvard) hablando con su madre (Kristen) y con la excusa de no querer interrumpirlo salió a la calle sin despedirse. Se preguntaba por qué empleaba tanto tiempo y esfuerzo con alguien que no le iba a contestar. ¿Qué le contaría? ¿Qué sacaba con ello? Su padre era una persona con los pies en la tierra, realista y pragmático. Últimamente habían estado un tanto distanciados pero es que estaba muy pesado. Ella no lo hacía. No tenía relación con su madre. Un par de veces se lo planteó pero nunca encontró palabras adecuadas para perderlas sin respuesta. En esas contadas ocasiones había estado tensa y poco ocurrente. Kristen era una extraña. No la había conocido.


Mientras se alejaba aún oía a Edvard aunque ya no le entendía. Lo percibía como un rumor. Tardó aún un par de segundos en comprender que estaba en su mente pues, a la distancia que que se encontraba de él, era imposible que le llegara nada como no fuese a través de un megáfono o por teléfono. En un par de minutos había puesto bastante trecho de por medio. Desde allí podía contemplar la vieja casa de la familia. Una construcción de madera pintada de blanco; de cuatro pisos, un sótano y tres visibles hacia arriba: la planta principal a nivel de la calle, la primera con los dormitorios y el desván. Edvard se desvelaba por tenerla perfecta porque decía que era la heredad de ella. Hannah no sabía si sería una bendición o no. Por un lado se trataba del lugar donde se sentía segura y donde la cuidaban y consentían. Por otra parte, temía que la atase a la ciudad y no poder recorrer el mundo, su sueño de libertad.


Hannah tenía quince años. Desde hacía cerca de cuatro había ido cambiando y chocando cada vez más con los adultos excepto con la tía Gesine. Alguien distinto que comprendía a los jóvenes. Sus primos estaban ciegos al no verlo. Físicamente Hannah había crecido pero no tanto como deseaba. Nunca llegaría al metro setenta. Más bien delgada, por fortuna en su particular visión de sí misma, coincidía con el espejo. No le faltaba el apetito porque hacía bastante ejercicio, jugaba regularmente al badminton, comía de todo y seguía disciplinada los horarios no tomando nada entre comidas. Tenía unos hermosos cabellos rubios con toques rojizos, una tez muy blanca levemente pecosa, una nariz ligeramente respingona y unos ojos azules brillantes. Era, también, buena estudiante, buena atleta, trabajadora e inquieta. De su padre heredó la facilidad para los idiomas y para la música, su otra gran afición junto con el deporte de la raqueta y el volante. Además de su lengua natal hablaba casi perfectamente inglés y alemán, y por sus aficiones, bastante italiano. Dado que venía pasando los veranos en Francia también chapurreaba esta lengua. En casa leían mucho y juntos veían películas de las cuales una parte importante de todos eran los llamados clásicos.


Hannah estaba inquieta y disgustada sin saber por qué. Se daba cuenta que las causas con las que quería justificarse de semejante situación eran nimias. Y esto la ponía peor. Todo un círculo vicioso. No recordaba cuándo empezó pero sí que había ido a más desde que terminaron las clases. Entonces no tenía el día entero para pensar que algo iba mal y no podía averiguar de qué se trataba. Si no lo sabía no podía arreglarlo. Cuando estudiaba, su mente estaba ocupada en otros mundos. Viajaba muy lejos de allí. No se trataba de que le incomodase la realidad, sencillamente no le satisfacía. Estaba incompleta.


Había tomado el largo paseo que seguía la costa cuando vio a una joven que venía en sentido contrario. Parecía tambalearse un poco y con mucho cuidado se sentó lentamente en la hierba del suelo. Hannah se acercó para ver si le pasaba algo.


—¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte?— preguntó Hannah agachándose.


—Gracias. Ya se me pasa. He caminado mucho y no he desayunado bien.


—¿Estás segura?


—Sí, sí. Gracias de nuevo.


Hannah le ofreció la mano para ayudarla a levantarse. La muchacha se agarró y sin esfuerzo alguno se puso de pié. Aprovechando que estaba agarrada la joven Dronning se presentó.


—Me llamo Hannah.


—Encantada Hannah y, eres muy amable. Yo soy… me llamo…— dudó —Kristen. Ahora, perdona, tengo que dejarte. Se me hace tarde y, a ti, también si quieres ir al puerto a comer con tus amigas.


Y tras decirlo continuó su camino a buen ritmo. Hannah la vio alejarse hasta que al doblar un recodo se perdió de vista. Luego pensó que no era mal plan quedar con sus amigas en el puerto. ¿Por qué no se le había ocurrido a ella? Curiosa esta Kristen, si ese era su verdadero nombre, cuanto había vacilado antes de pronunciarlo. Cogió el móvil y le marcó a su padre. Estaba de buen humor y le respondió que no pondría reparos si la llevaba él pues así se acercaba a la oficina. Luego podrían regresar juntos cuando a ella le pareciese bien (dentro de lo razonable) Hannah accedió y corrió de regreso a casa, se cambió y esperó a Edvard junto al coche mientras le enviaba un guasap a un par de compañeras de clase. Él bajó con una carpeta abarrotada de papeles muy sonriente. Le gustaba ver que aún podía hacer algo por su hija. Hannah también parecía contenta. Durante todo el camino no dijo una palabra imaginando las oportunidades que le brindaba la jornada aunque ya habían pasado de largo las once.


—Vas muy callada—. Su padre la sacó de sus elucubraciones. No se había percatado de que estaban ya en el centro de la ciudad, muy cerca de las oficinas de la empresa de la familia. Tampoco pensó en la respuesta que le daba a su padre.


—No tengo nada que contar.


Edvard se encogió de hombros. No tardaron en apearse pues tenían plaza reservada en el aparcamiento de la empresa. Hannah le dio un beso a su padre y se esfumó. Imbuida en la idea de que se le había hecho tarde optó por trotar más que por caminar y procurando no arrollar a nadie vio que enseguida llegaba al lugar donde acostumbraban a quedar. En ese instante sonó el móvil, se detuvo para cogerlo y retomó su camino con un paso acelerado, como lo estaba ella misma, dando largas zancadas en un tictac regular pero más rápido que el del reloj. Era Nina, con la que había quedado, pero se cortó la llamada mientras trataba de contestarla. Optó por devolvérsela y, en ese instante que no miraba, chocó y quedó desorientada un par de segundos. Un joven moreno se agachó y recogió el teléfono de ella del suelo.


I’m sorry. I think it’s yours.
(Lo siento. Creo que es suyo)


Hannah cogió el móvil que le devolvían mirando algo embobada a aquel muchacho de cabellos negros y ojos oscuros que seguramente era un turista del sur.


Takk… thank you. Meget vennlig. Sorry, thank you.
(Gracias, en su lengua natal, … Gracias, en inglés… Eres muy amable, en su lengua natal, ... Perdón, gracias, en inglés)


Desde ese instante la conversación siguió en inglés. El chico no lo hablaba mal, aunque no tenía la fluidez de Hannah y tendía a marcar las erres. Ella se disculpó, tenía prisa. Él la excusó y reconoció que estaba embobado entre la gente. No entendía nada de lo que decían pero a él le gustaba conocer un lugar moviéndose entre sus vecinos. Añadió, para sorpresa de Hannah, si la podía invitar a un refresco y hablar un poco más.


—¿Estás tratando de ligar conmigo?— Comentó Hannah divertida.


El joven sonrió y respondió.


—Me habría gustado pero, mi barco zarpa en unas horas. Sólo estoy de paso. En fin, ¿me aceptas la invitación?


—Iba a comer con mis amigas. ¿Quieres venir?


(Imagen cortesía de www.visitnorway.com)

El joven miró el reloj y tras confesarle que aún seguía sorprendiéndole lo temprano de las horas de las comidas, aceptó aunque primero tenía que llamar a unos colegas para que durante esa escala se olvidaran de él. Se presentó como Rubén y le explicó que estaba haciendo un crucero por los fiordos con su familia, unos amigos y sus parientes. Hannah le presentó a Nina y Karen a las que la novedad les descolocó un poco pero Rubén demostró ser un conversador hábil y ameno. En un momento se tocó el tema de las vacaciones que comenzaban y Hannah lamentó el cambio respecto a otros años. No irían al sur de Francia sino a España. Rubén le preguntó adónde y Hannah le habló de Madrid, sus alrededores, Sevilla y la Costa del Sol. Rubén asentía a medida que los iba recitando y le dijo que era un buen plan y no se aburriría. Él había estado en esos lugares y le aseguró que no se arrepentiría de darles una oportunidad. Acabaron intercambiando los números de teléfono y, en un momento que Karen y Nina se separaron, Rubén le dijo que esperaba que le llamase cuando estuviera en Madrid para enseñarles la ciudad. Su familia y él eran de allí. Le acompañaron al muelle y le vieron embarcar antes de retomar el plan original improvisado: ver tiendas.


2.


De regreso a casa Hannah y Edvard no se dijeron nada. Al llegar Hannah corrió a su cuarto y se sentó frente al ordenador levantándose sólo para bajar a cenar cuando su padre fue a llamarla. Luego regresó de nuevo a su guarida. A la mañana siguiente bajó temprano a desayunar. El olor a café y tortitas invadía las cercanías de la cocina. Para ella había chocolate. Allí estaba Valentina aplicándose para que recuperaran las fuerzas tras su día libre.


—Te adoro Valentina Ivanovna.


—Para ti Valentina Ivanovna Smirnova.


—Como quieras señora Smirnova mientras sigas haciendo unas tortitas tan buenas.


Valentina llevaba con los Dronning muchos años y, a falta de madre, Hannah la había convertido en una de sus personas de confianza. Valentina tenía sus propios hijos y sabía que fase atravesaba la joven. Sentía cariño por la familia y ellos procuraban contar con ella en sus planes. No le gustaba que padre e hija se hablaran tan poco, sobretodo cuando antes habían estado tan unidos, pero era mejor mantener las distancias y dejar que se adaptaran a los cambios. Hannah desayunó con apetito. Recogió los cacharros que había utilizado y se cepilló los dientes. Edvard la esperaba para ir al servicio dominical. No lo hacían con mucha frecuencia. No eran luteranos muy practicantes. Valentina, en cambio, era todo lo contrario. Aun siendo ortodoxa le parecía muy mal no santificar las fiestas y agradecer a Dios todo lo que tenían y, no perdía la oportunidad de sermonearles. En ocasiones se dejaba llevar tanto que acababa soltando frases en ruso.


Al terminar Hannah le dijo a Edvard que quería regresar sola a casa. Los domingos solían ser días tranquilos y ella se transportaba en los largos paseos que daba a un mundo vago, indefinido, de sensaciones, sueños y recuerdos. Y así iba cuando alguien la llamó y la hizo aterrizar. Era Kristen. Peinaba las mismas coletas que la víspera y sonreía pícaramente. Le preguntó que la tenía tan obnubilada y Hannah no supo qué decirle pero se rió. Le gustaba la muchacha pecosa, era divertida. Hoy no parecía abatida como la víspera. Se la veía feliz y despreocupada. Hannah se dijo que a todos les gustaba el domingo. Kristen comenzó a preguntarla por lo que había hecho el día anterior. No quería detalles pero mostraba curiosidad. Hannah estaba dispuesta a satisfacerla pero, sólo hasta cierto punto.


Edvard había llegado a casa y ayudó a Valentina a poner la mesa a pesar de las protestas de la mujer. Aguardaron un buen rato para que llegase Hannah pero al final tuvieron que empezar sin ella. Iban a recoger la mesa cuando entró disculpándose por el retraso y sin dar muestra de acaloramiento ni de prisa. Se limitó a decir que se le había ido el tiempo. Edvard no quiso enojarse. Se fijó que estaba pensativa pero no parecía la de siempre. La vio más adulta. Mientras Hannah daba cuenta de la ensalada Edvard se levantó y se fue al despacho que tenía en casa. Los domingos también tenía trabajo. Atendía los asuntos que no podían esperar en una economía globalizada. Revisó el correo y no había nada. Era el momento perfecto para relajarse con una siesta. Hannah según terminó corrió escaleras arriba a su dormitorio. Encendió el ordenador y se entretuvo un buen rato buscando distintas informaciones. El timbre de la puerta la obligó a dejarlo. Escuchaba a Alex y Jon, sus primos, así como a sus padres. Así que esa tarde tocaba visita. Le vendría bien descansar y entretenerse. La tía Gesine le caía muy bien y su prima era genial. Tenía tres años más que ella y Hannah tendía a imitarla. En cuanto a Jon, era un poco pesado pero no era mal tío. A veces un creído egocéntrico pero, siempre estaba ahí para echarte un cable. Jon era casi dos años mayor que ella y Hannah a veces le mortificaba, o eso creía, recordándole que sólo iba un curso por delante. La verdad es que Jon tuvo un año muy malo y perdió el curso un lustro cuando cuando primero tuvo un accidente de esquí y al recuperarse enfermó de hepatitis.


Corrió escaleras abajo, a pesar de las recomendaciones en contra de Valentina y su padre y se encontró al final de las mismas con el tío Kristian, un hombretón de cuarenta y un años, muy parecido a su padre, pero aún más alto. Así habían salido sus primos que perfectamente podían militar en cualquer equipo de baloncesto aunque Jon, cuando se recuperó, optó por el balonmano y a Alex, como a ella... más que a ella, le gustaba la vela. En la familia se consideraban muy importantes las actividades físicas. Tío Kristian la saludó con un beso y señalando la cocina le dijo que el resto estaban allí invadiendo los dominios de Valentina. Que si iba en esa dirección le dijera a su padre que su hermano le aguardaba porque habían quedado para hacer planes. No hizo falta que fuera porque no con mucha sutileza Valentina había expulsado a la horda de su reino y ahora estaban todos en el distribuidor, al pie de la escalera. Vino el momento de los saludos y besos. Como quedaban con frecuencia fue breve. Los muchachos fueron al cuarto de Hannah y los adultos esperaron en el salón a que Valentina les sirviera un té.


Jon intentó picar a su prima con lo del cambio de los planes para las vacaciones y tanto él como su hermana se quedaron muy sorprendidos cuando Hannah admitió que sentía interés por visitar España. No era aquel conjunto de tópicos de que le habían hablado y empezó a referir detalles sobre la modernidad del país y a hablar de tradiciones de las que nunca se hacían referencia. Les contó sobre las relaciones que habían tenido ambas naciones en el pasado cuando tenían diferentes nombres y de la diversidad de paisajes que se encerraban sólo en el territorio continental. Luego les pidió que se imaginaran lo que encontrarían en las islas. Tanto entusiamo dejó boquiabierta a Alex y aburrido a Jon que anunció que se iba al jardín a escuchar música. Hannah se asomó a la ventana y vio a Kristen caminando calle arriba. Ésta como si hubiera presentido su presencia se detuvo, se giró hacia la ventana y la saludó con la mano. Hannah le devolvió fugazmente el saludo y le dijo a Jon que se fuera abajo y si quería que se presentase a la muchacha qu estaba junto a la valla. Se llamaba Kristen y era muy simpática. Que la dijera que en unos minutos iría ella con su prima Alex.


Una vez solas Alex le preguntó a Hannah el porqué del cambio. Hannah le contó lo de Rubén. Pensaba verle cuando llegasen a Madrid. Era muy simpático y atento, hasta ahí era algo que ya había oído de los españoles pero, era culto, resuelto, trabajador y no un machista a pesar de lo que contaban de esa gente. Quería conocerle mejor. Alex le preguntó cómo sabía que él estaría dispuesto a atenderla y que no le había engañado con lo que le había dicho. Hannah le dijo que respecto a lo segundo había corroborado las informaciones a través de internet y respecto a lo primero habían mantenido el contacto a través de guasap. Además recordó que años atrás se había molestado mucho cuando cambiaron Francia por Italia para las vacaciones y luego se había sentido encantada. Alex también recordaba aquel disgusto pues, como casi siempre, fue ella quien tuvo que cargar con la pecosa iracunda. Cuando bajaron al jardín Jon estaba solo. Hannah le preguntó por Kristen y Jon le dijo que no había visto a nadie. Seguramente la chica estaba de paso, tendría algo que hacer y no pudo quedarse, conjeturó Hannah. Luego propuso que fueran a la playa. Cogería su bañador y de camino pasarían junto a la casa de sus primos por los de ellos. A todos le pareció una buena idea y no se demoraron en ponerla en práctica.


(Caricatura de Hannah hecha por Jon poco antes de que ella volviera a pensar que era tonto)

Como los días eran tan largos cenaron tarde. Valentina lo había dejado todo dispuesto antes de regresar con los suyos. Edvard disfrutó viendo lo animada que estaba Hannah y ella se dio cuenta de lo sonriente que estaba su padre. Ambos disfrutaban de la familia y en el fondo, si por ellos fuera, vivirían todos juntos. Ninguno quiso pensar en que cuando se fueran los parientes se quedarían en silencio y cada uno iría por su lado. La ensalada estaba fresquísima y había pasta, salmón y unos pasteles así como fruta. Jon comía como tres sin decir palabra. Alex le contó a su tío como había terminado su primer curso en la universidad y Hannah sorprendió a sus mayores, como antes lo había hecho con sus primos, con una conferencia sobre la excelencias de España y las posibilidades que se les ofrecían para los días que veraneasen allí. Al terminar recogieron entre todos y le dedicaron los últimos instantes a contemplar el larguísimo crepúsculo.

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